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Dibujo de carta

Maspalomas, 15 de Septiembre de 2012.

Querida hermana:

Creo que fue Jardiel Poncela el que escribió: “Solo los tontos y los locos son felices”. O algo así. Muchas veces, me digo que una frase tan banal puede estar llena de razón. Aléjate de esa pequeña minoría que bordea las costas del conocimiento, ¿y qué encontrarás?: Estulticia en grado superlativo, o lo que es lo mismo, ignorancia, bestialidad, un deforme y gigantesco animal cuyo cerebro apenas da para comer, beber y cagar. Y que además hace lo imposible por destruir lo que aquella escasa minoría construye con titánico esfuerzo.

¿Por qué no pueden pensar por sí mismos? ¿Por qué necesitan un dios, una religión, un manual o un conductor para justificar sus actos? En el pasado lejano, cuando esta desgraciada especie se tornó ociosa y no necesitó todo su tiempo para hacer las tareas propias de la supervivencia, alguien pensó. Y pensó que podía ahorrarse aún más esfuerzos utilizando su mente para conseguir que sus colegas trabajaran o lucharan por él. He aquí el principio fundamental que dio origen a las religiones, es decir, la hábil estratagema de hacer creíble lo imposible, la hábil estratagema de convertir en dogma de fe lo que no se podía explicar con lo que de la naturaleza y sus mecanismos se sabía en cada época. Agarró el bastón y les obligó a creer en lo que no veían, no tocaban, no comían o sentían. Y con ello hallaron gran consuelo y calmaron sus terrores porque podían vivir al amparo del ser superior. Y lo mejor de todo, no habían de pensar ni cuestionar. ¡El paraíso de los inocentes!

¡Qué bueno poder trasladar a otro las culpas de nuestras mayores atrocidades!

Y sin embargo, qué felicidad sería volver a valernos por nosotros mismos, sin dioses, sin ministros del señor, sin fanáticos guerreros de dios, sin salvadores, ni magos, ni gurús, ni santos, ni profetas.

Tal vez esa Edad de Oro que añoramos no fue algo del pasado sino que llegará el día que hombres y mujeres, junto al resto de seres vivos y no vivos que pueblan el planeta, eliminen de sus vidas las religiones, las consignas, los dogmas, los manuales.

Si pudiera creer en dios, solo le pediría una cosa: ¡Que nos deje vivir en paz y se largue a dar el coñazo a otro universo!

Un abrazo muy fuerte.

Carta nº9

©Antonio García Cánovas. Todos los derechos reservados

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